Para conocer Catamarca no bastan los datos estadísticos,
y recorrer sus paisajes no se mide en kilómetros
sino en sensaciones.
Como mirar con los ojos de los flamencos rosados a los
adormecidos volcanes y los caprichosos colores de Antofagasta
de la Sierra, mientras tropillas de salvajes guanacos
y vicuñas se pierden en el misterio de la Puna.
O
sentir como el cuerpo se inunda en el cálido
bienestar
de las aguas termales de Fiambalá, en Tinogasta.
Todavía atontado habrá llegado a Belén,
sin comprender por qué, súbitamente, sus
piernas tienen el peso de varios siglos de la ciudad de
Londres. Haciendo un pequeño esfuerzo más,
caminando hacia el pasado, estará en las ruinas
de El Shincal de Quimivil, una monumental construcción
cuyo origen data del imperio incaico.
Casi
sin darse cuenta estará en el Valle Central, encajonado
por la vigilancia permanente de los cordones Ambato y
Ancasti. Al levantar la vista, en el centro mismo de San
Fernando del Valle de Catamarca, verá el Camarín
de la Virgen, escuchando el silencio ruidoso de las oraciones
de los feligreses y, muy cerca, los latidos perennes del
corazón de Fray Mamerto Esquiú, preservado
en la iglesia y convento de San Francisco.
Aún
inmerso en admiración religiosa, dudará
entre ascender por las curvas de la Cuesta del Portezuelo,
camino a la capital del departamento Ancasti, y fotografiar
en el espiritu el panorama que inspiró sentidas
canciones; o perseguir el verde cada vez más intenso
en ruta hacia las villas de La Merced, La Viña
y Balcozna.
Regresando
por Las Juntas y El Rodeo, se detendrá a admirar
el reflejo gélido de la nieve en las montañas
de invierno o el canto cálido de los ríos
en el estío.
Son
mil sensaciones desperdigadas en la geografía de
oro y plata catamarqueña.
Son invalorables tesoros arqueológicos, cuyo misterio
atrapa.
Son incontables artesanías hechas con manos arrugadas.