| Por:
Pbro. Alberto S. Miranda |
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Ella
fue y sigue siendo la Abogada y Madre protectora
de este San Fernando del Valle de Catamarca. Fue
la Madre de varones legendarios, rara mezcla de
soñadores y guerreros que cruzaron nuestras tierras
cual fantasmas mitológicos, sembrando vida y muerte
en su afán de conquista; para afincarse por fin
y luego colonizarlas. Madre de la raza valiente,
nativos dueños y defensores de valles y montañas.
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Ella
fue Madre de estas históricas comarcas, cuando comenzó
a brillar sobre las mismas la feliz aurora del cristianismo,
y más tarde en bello florecer de sus virtudes de las
que hoy hace gala el noroeste de la Patria. Madre en
su vida eclesial, desde el primer bautizado, desde el
primer sacerdote nativo, e ilustres Obispos que por
su actuación jerárquico y cívica se destacan bizarramente
en las paginas de la Historia Nacional.
Su
figura y actitud de Madre fulgura en cada línea de los
fastos de nuestra "Patria Chica". En su vida económica,
sabemos de su amparo maternal sobre los blancos campos
de bellos algodonales ya en los albores del siglo XVII.
Lo mismo que hoy en el duro afán de sus fabricas y múltiples
empresas comerciales, Madre en la educación de sus hijos,
desde el trabajoso operar del primer misionero llegado
durante la conquista hasta las rumorosas aulas de nuestra
Universidad actual.
La
Virgen del Valle es Madre de cuanto es auténticamente
catamarqueño.
Con
motivo de sus tradicionales "fiestas de diciembre" y
las conmemorativas de la Coronación, que se viven por
lo general en el mes de Abril, de todos los ámbitos
de la Patria acuden sus hijos y forman muchedumbre ante
sus plantas de Reina y Madre siempre buscada.
Muchos
llegan a su presencia; unos con el sabor amargo de sus
lagrimas, otros con el pesado ropaje de sus dolores;
pero todos animados con la esperanza de obtener su intercesión
materna ante su Hijo Divino, para la solución de sus
problemas.
Como
a Madre le traen la dificultad de sus trabajos y lagrimas,
porque Ella sabe comprenderlas. Al pie de la Cruz, sufrió
con ternura infinita. Y sus lagrimas silenciosas ante
la Divina Voluntad, unidas al dolor de su Jesús moribundo
regeneran las nuestras, a menudo egoístas y por su calidad
de humanas siempre débiles y disconformes.
Ella
convierte el pesar y la angustia de sus hijos mediante
la fuerza de la resignación cristiana, en piedras preciosas
de valor sobrenatural.
Como
en el trabajoso caminar en nuestra vida hay tantas espinas
camino a la meta. Ella enseña a recogerlas, aceptarlas
y bendecirlas con valor y animo esperanzado.
Ante
sus plantas maternales y benditas se depositan a porfía,
afanes y esperanzas, en la seguridad de que cristalizaran
en luminosas realidades al conjuro de su intercesión
que hace obrar milagros.
Si
para escribir su portentosa y larga historia, tuviéramos
que usar como letras los corazones de los devotos que
de Ella recibieron protección y socorro, tantos seria
que de seguro saldría una interminable narración.
Como
Madre de Dios y de los hombres, en sus múltiples advocaciones,
pasea sus plantas por el universo entero prodigando
bondades. Pero con singular gracia y exquisita fineza
las prodigo y las prodiga en este Valle de Catamarca,
y los frutos son de vida espiritual y material lozanos
y prometedores.
La
serie ininterrumpida de sus portentos va ornando de
luz y de fe los siglos que transcurren, desde que quiso
entrar y vivir en nuestro Valle con él titulo de MADRE.
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