| Por:
Pbro. Alberto S. Miranda |
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El
benemérito Salazar,
al escuchar el interesante relato del indio, sintió
vivir con mas fuerza y pujanza el arraigo mariano que
alienta en los hijos de la ínclita España.
¿Cómo
había ido a parar en aquellos lugares una Imagen de
la Virgen Maria? Ella, Reina de la Luz y de la Gloria,
con su Imagen siempre hermosa y venerada en la tierra
¿no seria causa de que estos pobrecitos volvieran a
sus antiguas idolatrías ?.
Todo
esto pensaba el vizcaíno y de pronto decidió cerciorarse
personalmente de la veracidad de aquel extraño relato,
yendo al lugar descrito por el indio.
Por
fin, un día los choyanos supieron que el Administrador
del Valle venia en dirección de la gruta, entonces comenzaron
a reunirse apresuradamente.
No
sabían porque, pero aquella Imagen, morena como sus
rostros, pequeñita y humilde como sus vidas ignorantes
y sencillas, parecía volverlos dichosos y fuertes en
esos años de opresión y dura servidumbre, bajo el dominio
de los conquistadores españoles. Ante Ella, los pesados
afanes de la jornada se diluían en el sabor de una esperanza
que no alcanzaban a comprender, por eso no permitirían
que se la llevasen. No tenían armas y en caso de tenerlas,
no hubieran sido capaces de utilizarlas ante aquel nicho
lleno de luz en sus almas. Pero tenían si, y sabrían
manejar, la suplica de sus varones, las lagrimas de
sus mujeres y hasta el rogar de los pequeños.
Y
llego Salazar hacia el anochecer con el fin de sorprenderlos
en lo que el imaginaba, orgía y desorden. Nada de eso.
Si un silencio expectante y completo y verdadero recogimiento.
Al
llegar el Administrador del Valle, trepa con el indio
hasta la entrada de la gruta, y la encuentra tal cual
su servidor se la había descrito. No cabía duda; era
la Imagen de la Reina del cielo, soberana en su advocación
de la Pura y Limpia Concepción.
De
inmediato dispone no dejar un momento mas la Imagen
en aquella agreste y desolada cueva. Y del modo mas
amable pero firme manifiesta a los presentes que la
llevara consigo a sus "heredades" de Motimo. Los indios
comienzan a expresar quedamente su descontento, piensan
no sin trabajo, y luego dicen a media voz: "Si es nuestra,
nosotros la queremos. Ella nos cuida, siempre nos defiende",
Salazar insiste en su determinación lo que acentúa la
resistencia de los indios, comienzan las lagrimas y
los ruegos, pero el español se mantiene firme; y allí,
tomándola delicadamente en sus manos, la lleva reverente
a su casa.
Con
una pena muy honda en sus corazones, vieron los nativos
pobladores de Choya, alejarse de su gruta aquella Imagen
que hasta entonces -y no sabemos desde cuando- había
constituido para ello un imán misterioso, pues los atraía
y los mantenía reunidos alegres y distraídos de sus
duros afanes, sin la necesidad de la embriagadora chicha
con todas sus terribles y destructoras consecuencias.
Los
vieron irse, llevada por el español, mas no se sintieron
despojados de modo definitivo, por lo que se calmaron
pronto. Es que Dios obra en las mentes y en los corazones
de sus hijos siempre con infinita sabiduría y bondad.
Así en el silencio de sus mentes sencillas, les enseño
que aquella era una Imagen de la que es Madre de todos,
que seguiría Madre de ellos, aun, permaneciendo entre
los españoles.
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