| Por:
Pbro. Alberto S. Miranda |
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Como
ya lo dijéramos, la Imagen de Nuestra Señora del Valle,
fue encontrada en un escondido y agreste nicho formado
en las lomadas de Choya donde al principio fue venerada
por indios con el simple gozo de una absoluta libertad.
Salazar,
al temer con fundamentos nuevas practicas idolátricas
entre los indios, la lleva a su casa y le construye
una humilde repisa donde la ubica, quedando a buen recaudo.
Así
las cosas ¿ pasaría esta Imagen a formar parte del abultado
grupo de las que se veneraban y aun se veneran en las
casa particulares conocidas solo cuando se las lleva
al templo para alguna misa aniversario ? ¿Quedaría todo
limitado a la devoción de unos cuantos vecinos, expuesta
quizá a ciertos caprichos mezquinos de que a menudo
se ven rodeados los nichos y urnas en las casa de familia
?
Pues
que no habría de serlo así. Y que no lo fue. Ya que
Dios la puso en el Valle y en el Gran Antiguo Tucumán,
con una misión evangelizadora que tuvo frutos requisamos;
y ya a través de cuatro centurias, se extiende por la
Patria y también muy lejos de ella.
Es
que esta Imagen de la Reina del Cielo, es la Madre de
Dios y de los hombres. Madre de todo el Valle, con un
corazón grande de madre; en el se alberga mucho amor
y mucho afán por todos sus hijos. Por eso la Madre del
Valle, había querido ser un rayo de luz y de vida para
los indios, quienes personificaban a los indigentes,
a los mas necesitados, los desvalidos y carentes de
esperanzas e ilusiones. Tampoco desdeñaba el amor profundo
y sincero del piadoso Salazar. Más no quería dejar de
ser la protectora general de todo un Valle, y con el
correr de loa años de toda una extensa región.
¡Maravilloso!
Según numerosas declaraciones aseguradas con juramentos
de múltiples testigos, este deseo de la Madre del Cielo
se puso de manifiesto con el primer hecho portentoso
conocido en el Valle.
Salazar,
al amanecer de un día de tantos, como acostumbraba hacerlo,
antes de comenzar sus faenas, se llega a visitar la
"Madrecita Morena" que reinaba en su casa desde una
repisa. Pero no la encuentra. No se desconcierta no
concibe temor alguno. "Doña Beatriz -se dijo- sabrá
que fue de la Imagen, ... posiblemente la cambió de
lugar, ... sin duda la puso en otro, mas digno ... ".
¿"La
habría prestado momentáneamente para veneración de algunos
vecinos que no podían llegar hasta su casa.. ?.
Todo
esto se preguntaba mentalmente mientras en silencio
iba en busca de su mujer para informarse de lo ocurrido.
Pero
de ahí que su buena esposa, doña Beatriz de Ahumada
y Águila, tampoco sabe cosa alguna. La noche anterior
- asegura - estaba la Imagen en su repisa y no sabía
que hubiera entrado persona alguna a la casa.
Entonces
el colono comienza a dudar del indio, sospecha de su
honradez. ¿Acaso no la habría sacado para llevársela
a su choza ? A menudo lo había visto entre los vecinos
que acudían a rezar el Rosario al anochecer. Aquel indio
quería mucho a la Imagen. Se acercaba a Ella y la miraba
tanto y tan de cerca que parecía querer grabar en sus
pupilas de azabache la diminuta figura.
Llama
pues al indio y un tanto apremiante lo interroga averiguándole
acerca del paradero de la Imagen. Pero el indio asegura
que él ignora totalmente de lo que se le pregunta. Pero
dice claramente que él la vió por la noche en la repisa.
El
colono comprende que su servidor no le esta mintiendo.
Pues cuando un indio no dice la verdad (y también lo
que no son indios) jamás mira a la cara. Y su servidor
le mira de frente y pesar. Pro lo que a su vez pregunta
con voz temblorosa y hasta desconsolada: "La Mama Achachita
.. ¿no esta ?".
A
todo esto iba ya entrada la mañana y el Administrador
del Valle, dejándolo todo, sigue buscando la Imagen
ya entre los amigos, ya entre vecinos mas alejados.
Olvida así, todas sus tareas administrativas, de gobierno
y labranzas para buscar la Sagrada Imagen por todas
pares.
¿Qué
le pasaba? ¿Seria posible que a él le ocurriera lo que
estaba sintiendo?. Pero era posible que el rudo soldado
del Rey Conquistador, el Comisario inflexible y dominador
de indios, el Juez severo en los arduos pleitos entre
bravos españoles, sentíase inquieto, triste y hasta
con cierta honda angustia por no encontrar aquella pequeña
imagen que llevara a su casa para librarla de una posible
idolatría.
Es
que la Madre del Cielo se había adentrado hondamente
en su viejo y bondadoso corazón, por intermedio de aquella
imagen, morenita y sencilla. La amaba con todas las
fuerzas de cristiano noble y generoso.
¿Estaría
de nuevo en su gruta? ¿Por qué no buscarla a allí? ¿A
lo mejor, algún indio audaz habría entrado de noche
a su casa, llevándosela a pedido de los nativos pobladores
de Choya?.
Pero
esto era poco menos que imposible. Nadie, y menos un
aborigen o nativo de la zona, podía entrar al poblado
en ninguna hora del día o de la noche, sin ser reconocido
y controlado severamente. La vigilancia esta estricta
y los procedimientos a veces muy duros.
Sin
embargo. Se dirige a la gruta y llegando al lugar trepa
decididamente hasta el mismo sitio del que sacara la
Imagen ... y ¡oh prodigio! Allí estaba, tal cual la
viera la primera vez. Pero ahora sin flores, ni cirios.
No había signo alguno, ni rastros de pisadas humanas
que dijera que alguien hubiera estado allí antes que
él.
Apresuradamente
la levanta con infinito cuidado, como si fuera algo
vivo y muy delicado, la acaricia con sus manos de labriego,
besa reverente las manitas juntas y se la lleva gozoso
y precavido como cuando se carga un niño pequeño.
¿Qué
le iría diciendo por el camino? Los corazones nobles
hablan un lenguaje maravillosamente tierno y conmovedor.
"No tienes que volverte Madrecita -le diría- ¿No sabes
acaso cuanto te queremos en casa? ¿Por ventura no sientes
cuanto te quiere este corazón de viejo cristiano, servidor
de Dios y del Rey?".
Llegado
a la población y a la casa, la coloca en su sitio; y
día y noche multiplica la vigilancia. Pero todo fue
inútil. Varias veces tuvo que viajar a la gruta de Choya
a "capturar a la Fugitiva" y traerla de nuevo a casa,
no sin regaños como saben hacerlo los corazones enamorados.
Es
que la Virgen del Valle era también Madre de aquellos
pobrecitos que le habían ofrendado sus luminarias de
amarilla y blanda cera, las fogatas de sus agrios chaguares,
junto al dulce amor de sus corazones sencillo, humildes
y por eso buenos. Todo eso la atraía hacia aquella gruta,
silenciosa durante el día pero llena de rumores y de
ancestrales cantos al caer la tarde y sus noches.
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