| Por:
Pbro. Alberto S. Miranda |
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Lo
que pasamos a narrar, luego de cuidadosa información
documental, aconteció entre 1619 y 1620. Corrían las
horas de un avanzado atardecer que caía apacible sobre
las lomadas choyanas.
Un
indio, de los jornalizados, al servicio del vizcaíno
Don Manuel de Salazar, Comisario de los Nativos y Juez
para los españoles, andaba por aquellos ásperos parajes,
recogiendo alguna majada para llevarla de vuelta a los
apriscos, para librar esas cabras u ovejas del puma
hambriento o de zorros que atacaban a las crías pequeñas.
Cuando
de aquí que, en el silencio de la tarde, el indio percibe
voces apagadas y un rumor de pisadas en la arena movediza
y cálida de la estrecha quebrada que corría en la hondonada.
El instinto de su raza lo impulsa y se oculta atisbando
entre "tuscas" y punzantes "chaguares". En verdad que
era incomodo el improvisado escondite; pero no le importaba
pues la posición satisfacía el de espiar sin ser descubierto.
Pues
y allí espera con paciencia hasta que ve aproximarse
y luego pasar un reducido grupo de indiecitas. Caminaban
recelosas como temiendo que alguien las sorprendiera.
Iban conversando y el rumor bajo y cadencioso de sus
voces, mitad kakán (idioma madre de los diaguitas) mitad
castellano se mezclaba con el susurro del viento entre
garabatos (especie de acacia de la zona) de apetecible
papitas para las cabras, y las breñas de la estrecha
quebrada. El indio no pudo comprender lo que decían
pero algo muy importante las llevaba por aquellos lugares.
A las ultimas luces del día, vio que llevaban lamparillas
listas para ser encendidas y algunas vistosas y fragantes
flores de la montaña.
En
aquellas horas le fue imposible ver mas y tampoco quiso
seguirlas; pero su espíritu se turbo, sin saber porque,
con una gran curiosidad, no sabia explicarse lo que
sentía. Luego emprendió el regreso a los ranchos de
Choya (lugar que se encuentra a unos cinco kilómetros
de la Ciudad Capital). A donde fuera enviado por su
señor, desde el pueblo de Motimo (hoy San Isidro) lugar
en el que habitualmente residía el Administrador del
Valle.
Al
despuntar el alba del día siguiente, volvió a sus faenas
y lo visto la tarde anterior, volvió a preocuparlo por
lo que retorno afanoso hacia aquellos parajes. Pronto
dio con las huellas. Unas pocas, frescas; las mas, ya
de cierto tiempo. La pericia que caracteriza a estos
hombres en el arte de rastrear, le facilito seguirlas
sin desviarse un ápice. Mientras recorría el sendero,
silencioso y tenaz en su empeño, iba comprendiendo que
ese camino era muy transitado.
Contando
desde el pueblo de Choya, habría caminado unos cinco
kilómetros, remonto la quebrada como unas quince cuadras,
cuando de pronto apareció, en una pendiente muy inclinada
y a unos siete metros de altura, un nicho de piedra
bastante disimulado entre garabatos y chaguares pero
al que podía llegar con relativa facilidad. Hacia aquel
lugar se dirigía el trillado sendero.
Lleno
de asombro continuo investigando y vio como, al pie
del nicho y su pendiente, había ramas quebradas y hasta
espacios bien talados donde evidentemente habían encendido
fogatas e incluso bailado sus hermanos, las tradicionales
danzas tribales. Por otras cuidadosas observaciones
vio rústicos asientos, restos de pequeños "fogones"
y llego a la conclusión de que la mayoría de sus hermanos
choyanos acostumbraban reunirse en aquel lugar de modo,
un tanto secreto.
EL
HALLAZGO
El
indio se propuso entonces, ver que significaba aquello.
Su afán por descubrir el misterio le hizo trepar cautelosamente
hasta el mismo nicho y a su entrada quedo como clavado
por la tan imprevisto y hermoso que veía.
Allá
al fondo de la gruta se descubría una Imagen de la Santísima
Virgen Maria, era pequeñita, pero muy linda, era como
alguna que había visto en casa de los españoles. Esta
era de rostro morenito y tenia las manos juntas. Lo
atraía misteriosamente y allí se quedo contemplándola
por mucho tiempo.
Cerca
de la Imagen, se advertían muchas candilejas todas apagadas
y algunas semiocultas por la abundante y fina arena
que el viento iba juntando entre las piedras. Había
muchas flores del aire, unas marchitas y otras muy frescas,
junto a la dorada flor de retama y los fragantes capullos
de corpus. El indio contemplo aquello con paciente solicitud,
para después continuar sus trabajos.
De
esto, pasaron seguramente algunas semanas, quizá hasta
meses, cuando el indio seguro ya de su descubrimiento,
se determino a dar cuenta del mismo, a su amo. Era Autoridad
en el Valle y le pareció que le correspondía saber,
lo que para el, era algo de suprema importancia.
¿
Pues, como no debía estar el enterado de lo que ocurría
entre sus gobernados mas cercanos? El respetado vizcaíno
le había enseñado a ser bueno. A menudo lo había visto
y oído rezar en su casa al caer la tarde o despuntar
el día. Entonces el sabría comprender lo que iba a contar.
Y un día se le acerca y le narra todo.
El indio humilde y manso, afirmaba que no mentía, que
había visto muy repetidas veces la pequeña imagen. Que
allí estaba entre las piedras y era morenita como los
indios y por eso también la querían.
Y
luego agrego algo el indio que comenzó a preocupar al
español. Le dijo que, al anochecer, le encendían grande
fogatas y con alegría bailaban y cantaban ante su nicho.
Y muy cerca de ella prendían lamparillas que habían
fabricado y le llevaban muchas flores de chaguar, de
retama y del aire (margaritas). Y que el también ya
le quería mucho.
Todo
esto dijo el sufrido y humilde indio, en su media lengua
castellana al respetado y cristiano Salazar que desde
su comienzo había escuchado con atención y creciente
interés hasta llegar a sentir también el una honda preocupación.
Y
la "honda preocupación" del buen español, des autentico
cristiano de las orillas del cantábrico, tenia su razón.
Desde
1596 con Trejo y Sanabria que comenzó muy en serio la
evangelización en el extenso territorio del antiguo
Tucumán, hasta 1650 y mas, según los informes de conquistadores
y evangelizadores a sus respectivas autoridades, entre
los Diaguitas, no hubo conversiones serias duraderas.
Por los escritos de Sotello y Narváez, sabemos que entre
1583 y 1635: "Estos indios no son verdaderamente cristianos
sino verdaderamente idolatras y apostatas; y no como
quiera, sino muy engañados del demonio y muy ciegos
en sus idolatrías y arraigados en su religión". Asimismo,
en el lapso de 1618 a 1628, un misterioso jesuita informa:
"Es nulo el fruto de nuestro trabajo religioso en estas
tierras de raza perversa en lo espiritual ... Son tan
prontos en recibir la fe católica como en abandonarla
sin causa alguna... tratan y luchan contra la fe como
fieras idolatras, que a mi juicio son las mayores que
ha tenido el mundo".
Razón
tenia pues el buen Salazar para temer una nueva explosión
idolátrica en el seno de su aparente pacifica y cristiana
comunidad indígena.
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