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INTRODUCCION
La
inmigración como proceso universal, como fenómeno microsocial
o como experiencia personal afecta tanto a la sociedad
expulsora como a la receptiva.
Tanto
el desarraigo, como la inserción son pasos traumáticos,
que todo inmigrante transita casi de modo obligatorio.
Superada
la primera mitad del siglo XIX, la Argentina comienza
a vivir ésta experiencia común a casi todos los países
americanos.
La
política migratoria estatal propiciada por los gobiernos
argentinos, que anhelaba el ingreso de grupos selectos
-anglosajones- se vio confrontada con una realidad diferente:
los no esperados. Entre ellos, llegaron los sirio-libaneses.
Así lo prueban las medidas restrictivas de la década
del 30', que ponía trabas a la tramitación de permisos
de inmigración de sirios y libaneses, considerados inmigrantes
de segunda. Esta injusta restricción fue derogada luego
de la crisis económica del 30', cuando se los colocó
al mismo nivel de los europeos (1).
Como
dice Bestene su número no se hizo significativo hasta
el segundo lustro del siglos XX, alcanzando su punto
más alto en 1922, con un registro de 19.792 personas.
Dada
su pertenencia a regiones dominadas por el Imperio Otomano,
aparecen en los registros genéricamente como «turcos
otomanos», lo que obstaculiza su diferenciación étnica.
Recién a partir de 1920, ya bajo el mandato francés,
las estadísticas nos los muestran como sirios y libaneses.
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