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El
año pasado fue inaugurado en la entrada de Santa María
un monumento a Pachamama realizado por el plástico Raúl
Guzmán. La obra ha recibido críticas diversas: La de
haber sido encomendada a este artista y no a otros también
meritorios de Santa María o Tucumán; la de no ser suficientemente
hermosa de acuerdo a los cánones estéticos; la de representar
a la diosa con la imagen de una joven grávida y finalmente
la de que la obra debió reservarse para la vecina localidad
de Amaicha, donde anualmente se la celebra con importante
afluencia de personas.
Quiero
reflexionar sobre las dos ultimas críticas, porque ellas
ofrecen la ocasión de hacer algunas precisiones:
Evocar
a la Pachamama es remitirnos a la más antigua religión
de estas tierras en una vasta región que trasciende
localidades y aún naciones. Entonces es algo mucho mayor
que una tradición local o una ocurrencia original de
algún hotelero, intendente o director de turismo.
No
es tampoco una mera “costumbre” de la gente de nuestro
noroeste, como se suele decir para quitarle importancia
o para no irritar los celos de las iglesias. Ha sido,
y en muchos sentidos sigue siendo, una verdadera religión
con su conocimiento, fe y culto de lo sagrado, aunque
no estén institucionalizados en una dogmática ni en
una estructura de poder.
Esta
prevención, que la reduce a costumbre para que no compita
con el cristianismo, parte de un error conceptual: La
religión de la Pachamama tiene, como otras antiguas
religiones de América, una amplitud tal que la hace
compatible con otras creencias y modos de conocer a
Dios. Para un indígena que cree en la Pachamama y le
rinde culto no hay ningún problema en ser cristiano.
El problema estuvo del otro lado, en la mentalidad de
algunos curas -no de todos- que temían a la religión
indígena y no se esforzaron en conocerla.
Por
su naturaleza, la religión de la Pachamama es eminentemente
femenina, familiar y popular. Está al alcance de todos
y su templo es cada lugar de la Tierra. Es extraña a
las jerarquías del incario y sus curacas.
Todos
en pie de igualdad participan en su culto, y todas las
ofrendas son recibidas. Quizás las personas más apropiadas
para coordinar las ceremonias de su culto, según el
espíritu de los mitos son las madres ya ancianas, porque
saben de parir hijos y de verlos sufrir y morir. Ellas
no hacen distinciones entre los hijos buenos y malos,
grandes y pequeños.
A
quienes respetamos a la venerable y sabia religión nos
cabe congratularnos de que se multipliquen las expresiones
que evocan y honran a la Pachamama. Solo en un desconocimiento
del antiguo legado espiritual puede apoyarse una discusión
acerca de a que ciudad actual ella “pertenece”.
En
cuanto a la imagen elegida, cabe decir que en todas
las grandes tradiciones, y también en la indígena, la
religiosidad popular exige representaciones de lo sagrado.
El sabio amauta, balam o tlamatini tenían claro sin
embargo que una imagen no agota la multiplicidad de
aspectos de lo divino.
En
el caso de la Pachamama, y de la mayoría de las deidades
indígenas, el problema es mayor porque se conjugan en
ella aspectos que se oponen mutuamente, cosa propia
de la concepción dual de lo sagrado propia de la antigua
América.
Por
eso muchas veces los artistas indígenas recurrieron
a imágenes de complejo simbolismo, destinadas a ser
interpretadas por los entendidos. Recordemos los conocidos
testimonios de las esculturas de Coatlicue (con serpientes
en lugar de cabeza) o la Piedra del Sol (con rayos de
luz y rayos de oscuridad) o las pinturas de los Códices,
en que cada imagen es un verdadero rompecabezas de alusiones
simbólicas.
Pero
junto a esas imágenes, y para la devoción popular, se
generaron otras de un significado simple, que solo revelaban
algún aspecto del ser divino.
En
muchos de los más antiguos mitos andinos que conocemos,
como el de los hermanos Wakon o el de Vichama, la Pachamama
aparece como madre madura, y en los mitos de Huarochiri
las huacas que la encarnan aparecen como mujeres jóvenes
que atraen al varón para que en la cópula sagrada se
cumpla el milagro de las aguas fecundando las chakaras
y multiplicando los animales... En los mitos mesoamericanos,
aparece bajo diversos nombres (Xochiquetzal, Tonantzin,
Coatlicue, Tlazolteotl, Izpapalotl...) como mujer joven,
madre universal, parturienta, devoradora, anciana...con
diversos aspectos que corresponden a sus diversas funciones
A
la común sensibilidad actual, pautada por el pensamiento
no dual y la idea renacentista de belleza, probablemente
provocarían rechazo muchas de las antiguas imágenes
plásticas indígenas: o por su dificultad conceptual
o por los aspectos “horribles” que frecuentemente revelaban.
La
escultura de la ciudad de Santa María que la muestra
como una joven grávida, responde a uno de sus aspectos.
No el único en los testimonios antiguos, pero aceptable
quizás para los valores occidentales.
Esta
obra, fruto de un encomiable esfuerzo, debería ser acicate
para que nos atrevamos a comprender y revelar otros
aspectos de la gran madre. Sería bueno que en Amaicha,
y en otros muchos lugares , los artistas revelen los
distintos rostros de la Pachamama.
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