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El
tema indígena no es, por sí, indigenismo. Esta diferencia
se advierte con nitidez en la literatura. Nos damos
en ella por un lado con el indígena tratado como personaje
literario en el romanticismo y modernismo, como objeto
exótico ambiguamente perteneciente a los ámbitos de
la fantasía y de la realidad. Terrible o dulce, siempre
interesante por extraño o pintoresco.
Por
otro lado nos encontramos con la literatura propiamente
indigenista, en que se denuncian los ataques de ayer
y hoy a los pueblos indígenas y se reivindica su autonomía
espiritual, política, económica, cultural.
Su
precursor, su primera gran figura es Fray Bartolomé
de las Casas. Intentó una enorme, desesperada obra de
amor y de justicia que emprendió no solo con la pluma
(entre estas obras se destaca la "Brevísima relación
de la destrucción de las Indias", redactadas por noviembre
de 1542 y destinadas a conmover al futuro monarca Felipe
II) sino también con la acción pastoral y política que
desplegó mientras fue obispo de Chiapas, excomulgando
a funcionarios y curas que oprimían a los indígenas
y pidiendo a estos a que le denunciaran los agravios
que sufrían.
En
su testamento, escrito dos años antes de su muerte,
dice "Tengo por cierto que cuanto se ha cometido contra
aquella gentes, robos o muertes y usurpaciones de sus
estados...ha sido contra la Ley de Jesucristo y contra
toda razón natural,...y creo que, por estas impías e
ignominiosas obras Dios ha de derramar sobre España
su furor y su ira, porque toda ella ha comunicado y
participado poco que mucho en las riquezas sangrientamente
robadas e acabamientos de aquellas gentes (1958, V,
539-540)
En
los orígenes de la corriente indigenista de este siglo
está Manuel González Prada, con su clásico ensayo "Nuestros
Indios", una discusión con los etnocéntricos planteos
antropológicos que fundamentan la discriminación en
la modernidad y una denuncia de la farisaica política
indígena implantada en los países descolonizados de
América. Finalmente sostiene una tesis extrema: El indio
solo puede confiar en sí mismo para liberarse. El indio
debe armarse. Leamos un párrafo de su trabajo: "Bajo
la República ¿sufre menos el indio que bajo la dominación
española?
Si
no existen corregimientos y encomiendas, quedan los
trabajos forzosos y el reclutamiento. Lo que le hacemos
sufrir basta para descargar sobre nosotros la execración
de las personas humanas. Le conservamos en la ignorancia
y la servidumbre, le envilecemos en el cuartel, le embrutecemos
con el alcohol, le lanzamos a destrozarse en las guerras
civiles y de tiempo en tiempo organizamos cacerías y
matanzas como las de Amantani, Llave y Huanta." "Al
indio no se le predique humildad y resignación, sino
orgullo y rebeldía. ¿Qué ha ganado con trescientos o
cuatrocientos años de conformidad y paciencia? Mientras
menos autoridades sufra, de mayores daños se liberta.
Hay
un hecho revelado: reina más bienestar en las comarcas
más distantes de las grandes haciendas. Se disfruta
de más orden y tranquilidad en los pueblos menos frecuentados
por las autoridades." (Nuestros Indios, en Horas de
Lucha, Lima 1908, en Ramos, pp271-275) Podríamos agregar
nosotros muchos ejemplos del período independiente,
cuando España estaba ya lejos de nuestras costas: la
"Campaña del Desierto", que tenía la consigna del exterminio
y las cacerías de la Patagonia en pleno gobierno civil
argentino, y, entre otras muchas, la Masacre de Amantani:
Apenas inaugurada la primera dictadura de Piérola, los
indios de Amantani, isla del Titicaca, lincharon a un
gamonal que los obligaba por la fuerza a hacer ejercicios
militares.
La
respuesta fue el envío de Puno de dos buques armados
de guerra que bombardearon ferozmente la isla, de las
6 de la mañana a las 6 de la tarde. La matanza fue horrible,
sin que hasta hoy se sepa el número de indios que perecieron
aquel día, sin distinción de edad ni sexo. Al tiempo,
solo se veían esqueletos que blanqueaban metidos de
medio cuerpo en las grietas de los peñascos, en actitud
de refugiarse.
El
indigenismo es notoriamente defensa del indígena agredido.
También es otra cosa, un testimonio de amor. En este
último aspecto, una mirada superficial podría confundirlo
con los acercamientos románticos al indio. Sin embargo
en el indigenismo no se trata de esos embelesos sino
más bien de lo que el indígena y su mundo han dado y
el indigenista recibido transformándose y devolviéndolo
en militante amor. Es lo que sintetiza Arguedas: "Recorrí
los campos e hice las faenas de los campesinos bajo
el infinito amparo de los comuneros quechuas. La más
honda y bravía ternura, el odio más profundo, se vertía
en el lenguaje de mis protectores; el amor más puro,
que hace de quien lo ha recibido un individuo absolutamente
inmune al escepticismo." Es desde esta plenitud que
los indigenistas escriben "El mundo es ancho y ajeno"(Ciro
Alegría) "Hombres de Maíz"(Miguel Angel Asturias) o
"Todas las Sangres"(José María Arguedas).
Por
eso es comprensible el planteo del sociólogo José Uriel
García "Nuestra época ya no puede ser la del resurgimiento
de las razas ni del predominio determinante de la sangre
en el proceso del pensamiento y, por tanto, de la historia."
"A ese hombre que viene a nosotros con el corazón abierto
a saturarse de la sugestión de la sierra, henchir su
alma a su contacto, siendo lo de menos el color de su
piel y el ritmo de su pulso, a ese le llamaremos indio..."
("El Nuevo Indio",1939)
Con
justicia el catamarqueño Joselín Cerda Rodríguez dice
que todos los que se reconocen hijos de esta tierra
son indios. Aunque las cosas no sean como antes
“
... Después fue saqueado el oro de los templos del Sol
Y puesto a circular en lingotes con las iniciales de
Pizarro/ La moneda trajo los impuestos, y con la Colonia
aparecieron los primeros mendigos/ El agua ya no canta
en los canales de piedra /Las carreteras están rotas
/Las tierras secas como momias/ Como momias de muchachas
alegres que danzaron en airiway (abril) el mes de la
danza del maíz tierno/ Ahora secas y en cuclillas en
museos...” ("Economía de Tawantinsuyu", fragmento, Ernesto
Cardenal)
Una
característica extendida del indigenismo es su cercanía
con las doctrinas socialistas. Desde Emiliano Zapata
hasta el subcomandante Marcos. Desde Mariátegui, (fundador
del Partido Comunista en el Perú) y Balcarcel (autor
de "Tempestad en los Andes", un olvidado y significativo
testimonio de la literatura indigenista) hasta Arguedas
que, en los días anteriores a su muerte se carteaba
en quechua con el líder campesino de tendencia trotskista
que había dirigido las tomas de tierras por parte de
los indígenas del Valle de la Convención. Este revolucionario,
que se llamaba Hugo Blanco, y estaba preso en la Isla
del Frontón, le envió un poema en que le llamaba Taytay
(padre) y agradecía al escritor sus textos y traducciones,
que habían alentado a las luchas de los campesinos peruanos.
Arguedas
le contesta (en carta sin fechar, días antes de su suicidio,
el 28 de noviembre de 1969) llamándole "Hermano Hugo,
querido, corazón de piedra y de paloma" y refieriéndose
a la invasión india de Abancay, descrita en "Los Ríos
Profundos", que prefigura la sublevación del Perú le
dice "...¿No fuiste tu, tú mismo quien encabezó a esos
"pulguientos" indios de hacienda de nuestro pueblo;
de los asnos y los perros el más azotado, el escupido
con el más sucio escupitajo? Convirtiendo a esos en
el más valeroso de los valientes, ¿no aceraste su alma?"
RAÍCES
DEL ANTI INDIGENISMO
Las
raíces del antiindigenismo no están en una posición
literaria sino en la oposición al indígena, a su cultura.
En primer lugar, en la concepción europea y en términos
de Hegel: es "el espíritu libre". El sentido de la historia,
el sentido de todo pueblo sobre la Tierra, es para esa
filosofía realizar la libertad. Quienes van adelante
en este proceso marcan el camino, deben ser seguidos
por los otros. "Los orientales solo han sabido que uno
es libre. Griegos y Romanos supieron que algunos son
libres. Nosotros sabemos que todos los hombres son libres",
decía Hegel.
La
posición contraria a la de la libertad es la de estar
adheridos a la Naturaleza. (América, según la veía Hegel,
aún no se ha sobrenaturalizado, aún no tiene un lugar
en la historia) La libertad es representada, en la tradición
europea, como separación e independencia respecto a
la Tierra.
Como aspiración a la liviandad, la altura, la luz. Lo
contrario es la densidad, lo bajo y oscuro de la materia
planetaria que se convierten en antivalores en el plano
metafísico, ético y gnoseológico. La concepción de los
pueblos indígenas de América ve a la Tierra como madre
viviente que, fecundada por el Sol, da la vida y la
sostiene. No se trata de alejarnos de ella para acercarnos
a lo sagrado, al origen de la vida y los hombres sino-por
el contrario- de descender profundamente al reencuentro
con ella. La historia de la cultura imperante en el
mundo -y no solo en el llamado Occidente- puede verse
como la historia de la lucha contra esta arcaica concepción.
Podríamos
entonces encontrar aquí una raíz -en perspectiva filosófica-
del anti indigenismo. A partir de esa cultura imperante
hay un único orden posible del mundo. El que mira al
Cielo. En los europeos que vinieron a América esa mirada
es consolidada por una fe que le agregó dogmatismo e
intolerancia. Vinieron a instaurar aquí, de modo excluyente,
ese orden que busca alejarse de la Tierra. Muchos años
después de la Conquista y la Colonia, criollos que se
dicen ateos, liberales o marxistas siguen haciéndolo.
Sigue imponiéndose la mirada dirigida a las abstracciones
como orientadora de los actos, del conocimiento y de
los valores. Esto en cuanto a los fundamentos más profundos
del anti-indigenismo. Pero sus expresiones corrientes
reconocen razones más circunstanciales.
LA
CRITICA AL INDIGENISMO DESDE LA DEFENSA DEL HISPANISMO
Y EL CATOLICISMO
Este
es el frente que con más fuerza y continuidad se opuso
al indigenismo. Parte del cuestionamiento a la "leyenda
negra" que, apoyándose en las denuncias de Bartolomé
de las Casas se elaboró desde Inglaterra, Francia y
los Países Bajos. Estos países, que habían cometido
en sus colonias crímenes no menos perversos, hicieron
una extensa campaña de desprestigio de la cultura española.
La "leyenda" de Las Casas no era ninguna leyenda, pero
su manipulación interesada por los rivales de España
fue bastante hipócrita y ocultadora de otros males,
tanto o mas odiosos que la Conquista, que se ensañaron
con los pueblos del mundo. Contra este antiespañolismo,
que se parecía a las expiaciones a través del chivo
emisario, cargó especialmente una de las resistencias
más visibles al indigenismo.
Hay
que señalar sin embargo que, en América, esta postura
no proviene de un uniforme bloque ideológico. En los
muchos anti indigenismos no se defiende la misma idea
de hispanismo y catolicismo y no se persiguen los mismos
objetivos.
Encontramos
desde posiciones racistas y ultramontanas que sostienen
la Conquista y minimizan sus atrocidades, hasta posiciones
que, criticándola, ven sin embargo importante preservar
la unidad espiritual que a nuestra América le ha legado
España y el catolicismo. Desde los conservadores de
México, hasta los arielistas y vastos sectores de los
llamados hispanistas advirtieron que esta espiritualidad
de origen europeo, en sus aspectos positivos que trascienden
a las miserias de la Conquista y la Colonia, es un elemento
de identidad y unidad. Y es también -y a partir de ello-
un fundamento de independencia frente a la moderna amenaza
que se cierne sobre Latinoamérica. En este sentido,
y en nombre de la unidad nacional y de la unidad latinoamericana,
desconfían de algunas voces indigenistas que socavan
esa identidad y unidad. Vasconcelos denunció puntualmente
la promoción que Estados Unidos hace de ciertas variantes
de indigenismo, agresivamente antiespañol y anticatólico,
como instrumento de disociación nacional, a través especialmente
de verdaderos ejércitos de antropólogos y religiosos
que exporta hacia las comunidades indígenas de Centroamérica.
EL
ANTI INDIGENISMO DESDE EL ARTE
Vargas
Llosa, refiriéndose a esa "literatura comprometida"
de los indigenistas, señala que "está obsoleta en buena
parte del mundo" y que "en ella prevalece lo social
sobre lo artístico" (pp17) Y no se refiere solo a los
indigenistas menores de la literatura. Es muy probable
que en América la tematización del dolor indígena no
resulte algo forzado, extrapolado desde afuera a la
literatura.. En el arte, se dice lo que se tiene para
decir.
Desde
el Wanka de la muerte de Atahualpa hasta la Cantata
de Santa María de Iquique, la literatura latinoamericana
ha sido no solo el medio de expresar lo censurado en
la sociedad sino lo que ocupa el alma comunitaria y
arraigada del escritor. Es interesante recordar los
célebres planteos de Julio Cortazar, en su polémica
con Arguedas. En una carta dirigida al poeta cubano
Roberto Fernández Retamar, publicada en la revista Casa
de las Américas, (N° 45, La Habana, 1967 p.5 "Acerca
de la situación del Intelectual Latinoamericano"), Cortazar
reflexiona sobre su exilio voluntario en París desde
1951 y sobre su evolución espiritual, que lo llevó a
comprometerse con la revolución y el socialismo. Dice
que en Europa descubrió las "verdaderas raíces de lo
latinoamericano".
Ataca
lo que llama el telurismo, el folclorismo, "los nacionalismos
de escarapela y banderita" "El telurismo como lo entiende
entre ustedes un Samuel Feijoo, por ejemplo, me es profundamente
ajeno por estrecho, parroquial y hasta diría aldeano;
puedo comprenderlo y admirarlo en quienes no alcanzan,
por razones múltiples, una visión totalizadora de la
cultura y de la historia, y concentran todo su talento
en una labor de "zona", pero me parece un preámbulo
a los peores avances del nacionalismo negativo cuando
se convierte en el credo de escritores que, casi siempre
por falencias culturales, se obstinan en exaltar los
valores del terruño contra los valores a secas, al país
contra el mundo, la raza (porque en eso se acaba) contra
las demás razas."
Arguedas
contestó a Cortazar asumiéndose provinciano y dudando
de la visión que, desde lejos, podía tenerse de América.
Este a su vez, en una entrevista (Life en Español, N.York,
7 de abril de 1969) habla de "complejos regionales"
"complejos de inferioridad" "provincianos de obediencia
folclórica para quienes las músicas de este mundo empiezan
y terminan en las cinco notas de una quena" y cita finalmente
a Borges, quien a un indigenista intransigente le preguntó
una vez "por qué en vez de imprimir sus libros no los
editaba en forma de quipus" (V.II. pp 35-40)
NUESTRA
SITUACIÓN
Todo
pensamiento es situado. Esto quiere decir: vemos la
realidad desde un punto de vista. Y es importante hacer
consciente esa situación desde la cual pensamos. Nuestra
situación, aquella desde la que pensamos la cuestión
indígena, es nuestra vocación de enraizarnos en lo indígena
americano. Por eso somos indigenistas. Pero no solo
esas raíces -y la vocación de salvarlas- son nuestra
situación. También lo es Latinoamérica, la que va desde
Bolívar hasta nuestros días. Una Latinoamérica en que
el adversario de la unidad, la afirmación cultural y
la independencia ha dejado de ser, desde hace mucho
tiempo, España. Si esta es nuestra situación debemos
leer y apropiarnos de autores que, sin ser quizás indigenistas,
nos ayudan a situarnos como latinoamericanos.
Sería
abstracto y vano tener vocación indigenista sin tener
vocación latinoamericana. Nos referimos a Vasconcelos,
a Martí, al uruguayo José Enrique Rodó que en su "Ariel"
defendió, contra quienes nos proponen parecernos a los
anglosajones, el papel que juega la espiritualidad española
en la formación de lo mejor de nuestra alma.
Antes
que él, Rubén Darío, decía: "Desde México hasta Tierra
del Fuego hay un inmenso continente donde la antigua
semilla se fecunda y prepara la savia vital de la futura
grandeza de nuestra raza: de Europa, del universo, nos
llega un vasto soplo cosmopolita que ayudará a vigorizar
la selva propia. Mas he aquí que del norte parten tentáculos
de ferrocarriles, brazos de hierro, bocas absorbentes.
Esas
pobres repúblicas de América Central no será con el
bucanero Walker con quien tendrán que luchar, sino con
los canalizadores yankees de Nicaragua; México está
ojo atento y siente todavía el dolor de la mutilación;
Colombia tiene su itsmo trufado de hulla y fierro norteamericano;
Venezuela se deja fascinar al oír la Doctrina Monroe
y lo sucedido en la reciente emergencia con Inglaterra,
sin fijarse en que, con Doctrina Monroe y todo, los
yankees permitieron que los soldados de la reina Victoria
ocuparan el puerto nicaraguense de Corinto; en el Perú
hay manifestaciones simpáticas por el triunfo de los
Estados Unidos; y el Brasil, penoso es observarlo, ha
mostrado más que visible interés en juegos de toma y
daca con el uncle Sam.
Cuando
lo porvenir peligroso es anticipado por pensadores dirigentes,
y cuando a la vista está la gula del Norte, no queda
sino preparar la defensa." En ese mismo texto, en que
Darío denunciaba el descarado oportunismo de la intervención
yankee cuando la guerra de independencia contra España
estaba ya ganada por los cubanos, el poeta elogió a
nuestro Saenz Peña, que en el Congreso Panamericano
tuvo la dignidad de señalar la codicia brutal del anglosajón
que pretendía más después de haberle arrebatado Texas
a México.
Termina
diciendo Darío algo que cabe pensar: "España no es el
fanático curial, ni el pedantón, ni el dómine infeliz,
desdeñoso de la América que no conoce; la España que
yo conozco se llama Hidalguía, Ideal, nobleza; se llama
Cervantes, Quevedo, Góngora, Gracián, Velázques; se
llama el Cid, Loyola, Isabel; se llama la hija de Roma,
la Hermana de Francia, la Madre de América. Miranda
preferirá siempre a Ariel; Miranda es la gracia del
espíritu; y todas las montañas de piedras, de hierro,
de oros y de tocinos no bastarán para que mi alma latina
se prostituya a Calibán." (Rubén Darío, "El Triunfo
de Calibán" El Tiempo, 20 de mayo de 1988 en R. Darío,
de Juan Carlos Ghiano. . Centro Editor de América Latina,
pp 67-70, Bs. As 1976.)
La
lucha por ser nosotros mismos no es contra España y
su cultura. No solo porque ella no es hoy el adversario
de nuestra cultura y libertad, sino porque aquella cultura
es ya parte de nuestra identidad, junto a las telúricas
raíces indígenas. El mestizaje, otro elemento de nuestra
situación es el mestizaje, cuya valoración ejemplar
hizo Vasconcelos en "La Raza Cósmica".
Martí
llamaba a la tierra en que vivimos "Nuestra América
Mestiza", y Bolívar decía "Nosotros somos un pequeño
género humano" (Carta de Jamaica) "Tengamos en cuenta
que nuestro pueblo no es el europeo, ni el americano
del norte, que más bien es un compuesto de Africa y
América que una emanación de Europa... Es imposible
asignar con propiedad a qué familia pertenecemos" (Mensaje
al Congreso de Angostura) Los españoles son -a diferencia
de los anglosajones- abiertos al mestizaje (quizás por
eso no hay negros, pero sí morochitos en Catamarca)
Y no solo al entrelazamiento físico sino aún espiritual.
Un ejemplo especial es la prédica de Fray Servando Teresa
de Mier, que identificaba a Quetzalcóatl con el apóstol
Santo Tomás.
La
escritura de Rulfo es mestiza, como lo es la del Ande,
desde Huaman Poma hasta Arguedas (pasando quizás por
esa inquietante oscuridad del "Trilce" de Vallejo) Lo
es a pesar de tanta dolorosa perplejidad de los mestizos,
a pesar de las traiciones del malinchismo, a pesar de
la crueldad de los gamonales. La asunción de nuestra
hispanidad, la asunción de nuestro mestizaje, no son
directamente posturas indigenistas, pero son, con la
raíz indígena, aspectos de la asunción de nuestro ser
situado.
Diferente
es la propuesta de Sarmiento: "...¿En qué se distingue
la colonización del Norte de América? En que los anglo-sajones
no admitieron a las razas indígenas, ni como socios
ni como siervos en su constitución social. ¿En qué se
distingue la colonización española? En que la hizo un
monopolio de su propia raza, que no salía de la Edad
Media al trasladarse a América y en que absorbió en
su sangre a una raza prehistórica civil. ¿Qué le queda
a esta América que seguir los destinos prósperos y libres
de la otra? ...La América del Sur se queda atrás y perderá
su misión providencial de sucursal de la civilización
moderna. No detengamos a Estados Unidos en su marcha;
es lo que en definitiva proponen algunos. Alcancemos
a Estados Unidos. Seamos la América, como el mar es
el océano. Seamos Estados Unidos." ("Conflicto y Armonías
de las Razas en América", 1883, en El Ensayo Político
Latinoamericano, R. Ramos, ICAP, México 19881, pp194-198)
Esta
propuesta es imposible. La historia ha mostrado a Latinoamérica
que se trataba de un espejismo. La opción es escuchar
el consejo de los sabios griegos diciéndonos: "sé el
que eres." Trabajar desde allí escuchando al mundo,
sus doctrinas y caminos, pero creciendo desde nuestro
ser. Quiero proponerles, finalmente, que el indigenismo
no puede ser considerado una moda, vigente u obsoleta.
Su objeto son nuestras raíces, parte de ellas. Y siempre
estarán allí, es decir aquí, en nosotros. Ya sea que
nos ocupemos de ellas explícitamente o no.
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