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La
cultura popular catamarqueña reproduce contenidos
que no son homogéneos, sino que existen diferencias
entre el campo y la ciudad, la puna y el valle e inclusive
entre localidades vecinas, ya que todas representan
hibridaciones de tradiciones heterogéneas provenientes
de diferentes tiempos y contextos.
Las
formas de rendir culto a la virgen, por ejemplo, son
variadas y cargadas de coloridos propios de cada región.
En el hablar cotidiano de la gente se entremezclan
vocablos de procedencia aborigen que lograron imponerse
como modismos. La tonada de Catamarca y algunas expresiones
como el "no me recuerdo" o "improlijo", por ejemplo,
recorrieron el país cuando las pantallas de televisión
fueron invadidas por las imágenes del histórico juicio
por la muerte de María Soledad. Desde entonces, cada
vez que se menciona a la provincia se evoca esa circunstancia.
El
hombre actual parece indiferente a los valores y alas
tradiciones culturales porque tiende a construir una
civilización tecnológica que amenaza homogeneizar
a las culturas en ese proceso llamado globalización.
La disyuntiva se encuentra entre aceptar las pautas
de vida y las formas de pensamiento que se proponen
desde los poderes dominantes, o en instaurar una concepción
que se compadezca con las necesidades de los pueblos.
Los particularismos deben ser mostrados, igual que
la persistencia de las identidades nacionales, la
diferencia étnica y cultural de las comunidades y
su irreductible singularidad. Constantemente se evidencia
esa pluralidad de formas expresivas. A
los productos culturales que irrumpen en el mercado
mediático como la música internacional, por ejemplo,
se interpone una fuerte vindicación de los cantares
populares.
La
identidad está dada por las creencias, los valores
y las tradiciones que se manifiestan en una sociedad.
Su construcción es un proceso de muchas generaciones
que se van acumulando en el reservorio de la cultura.
Los integrantes de la sociedad buscan elementos que
los identifiquen con los demás y con su entorno. Es
lo que les genera la sensación de pertenencia y les
otorga sentido a sus actos cotidianos. Por esto, las
manifestaciones culturales regionales como las fiestas
folklóricas, o las muestras de danzas nativas, persistirán
a lo largo de los años, aunque sufran mutaciones en
sus formas de expresión producto de los cambios coyunturales.
A veces perderán la fuerza de otros tiempos, otras,
la recuperarán con ímpetu; pero siempre existirán
porque forman parte de la esencia que tienen las personas
como habitantes de un territorio.
En
las provincias que, como ésta pertenecen a los países
tercer mundo, deberían ser impulsadas líneas de crecimiento
integral y equilibrado que contemplen mayores grados
de autonomía y privilegien la identidad cultural,
Ia justicia social y el equilibrio ecológico. En este
contexto en el que subsiste una identidad vapuleada
por el progreso, persiste la búsqueda de elementos
en los cuales se asimilan los rasgos comunes. Pero
la indiscutible misión del sentimiento de identidad
se encarga de enlazar al individuo con su ámbito,
su gente y su historia. Por esto el interés de preservarlo.
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