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Catamarca 2001
Agosto
es el mes de la Pachamama, época de preparación de la
siembra, Chawawarqui Killa / Sitwa tarpuy . La madre,
que acostumbramos a evocar pariendo y cuidando a la
vida, tiene también una etapa en que recibe, llama hacia
ella, espera.
La
tierra está abierta. Es una ocasión especial para llegar
a su corazón, para hacerle ofrendas, cuyo significado
es el devolver ritualmente lo que la tierra misma nos
ha dado.
Celebrar
a la gran madre, ofrendarle los frutos y las obras de
nuestra vida es esencial en la concepción de nuestros
antiguos hermanos de la Tierra. Somos una parte dentro
de un ser mayor, la celebración es un modo de evocarlo
y asumirlo.
En
este ámbito rige especialmente la reciprocidad: Cada
ser ha recibido la vida como una donación de otro ser
hacia él y a su vez debe donarse, en sus obras, sus
frutos, en reciprocidad. Los humanos tienen también
la misión de ser enlaces (chakanas) entre los cielos
y la Tierra. Tenemos la misión de ayudar, con sus celebraciones,
a la armonía de las transiciones de los espacios y los
tiempos. Por eso ayudan a la Madre y al universo cuando
celebran en los solsticios, los cambios de luna, en
los nacimientos y las muertes, en los pasajes de la
vida a través de sus estaciones sagradas.
Aún
hoy, en muchas partes de la región andina, la gente
busca un lugar espaciado, quizás al lado de una piedra,
y hace un hueco en la tierra para corpachar. Se le ofrecen
las cosas que salieron de ella, los alimentos, el agua,
la coca, la chicha, el vino. Es una forma de reconocer
lo recibido, de agradecer la vida y devolverla ritualmente
a su origen.
En
el mes de Agosto la celebran las comunidades indígenas
del Ande. Pero no solo las comunidades y campesinos
sino muchos miles de personas de la zona que se extiende
desde Ecuador hasta Argentina realizan a su modo el
homenaje. En algunas ciudades del Noroeste, como Jujuy,
grupos de obreros, estudiantes y empleados públicos
interrumpen sus tareas para reunirse en actos de amor
a las raíces que hoy van más allá de eso: Se está viviendo
en el noroeste argentino y en otras regiones de tradición
indígena un espontáneo proceso de reetnización .
Mas
allá de su fiesta del 1º de Agosto, la gente de la región
propicia a la Pacha cuando viaja por la montaña, poniendo
una piedrita y a veces el acullico de hojas de coca
en la apacheta mientras le pide su benevolencia. También
la propician, con diversos simples ritos en las señaladas
de ganado; cuando comienzan las tareas agrícolas; cuando
se inicia el trabajo en la mina; al momento de comenzar
a beber un vaso de chicha; antes de habitar una casa
nueva...
Las
encarnaciones y apariciones de la Pachamama, según los
relatos populares han ido concentrándose en los cerros
y quebradas, si bien es considerada la madre de todas
las tierras, incluidos los llanos. Su figura en estos
relatos es siempre la de una mujer, a veces joven hermosa
y fuerte y otras veces vieja, harapienta aún deformada,
como solía aparecer en las quebradas de La Rioja. Con
esta imagen se encarnaba en la condehuiza, de quien
habla Guaman Poma, la hechicera huidiza de los cerros
del Perú.
PACHAMAMA
Y LA MUERTE
Agosto
es también un tiempo con especiales facilidades para
morir, porque la gran madre está especialmente disponible
para reintegrar a los hijos en su seno.
Algunas
existencias se tornan más precarias en este mes. Las
de aquellos que tienen un cuerpo enfermo o envejecido,
los que han cumplido su destino o los que tienen una
carga pesada de sufrimientos porque se sienten solos,
perdidos o con males de amor, múnay onqoy.
Es
que la Pachamama no solo da la vida, también la recoge.
Por eso en algunas expresiones plásticas de los antiguos
indígenas de América aparece con una figura espantable,
adornada de calaveras y serpientes, asociada a la muerte.
Es
la gran devoradora de cargas, lastres, dolores, es la
gran recibidora de todo. En sus ritmos de amor, hay
tiempos en que absorbe a los seres hacia la oscuridad
primigenia. Les quita las carnes conque se vestían,
les muele cuidadosamente los huesos conque se erguían,
los limpia también de errores y pecados que pudieron
ensuciarles el alma. En esta avocación, como “devoradora
de inmundicias” que purifica periódicamente a todos
los seres de la “superficie” la hallamos en todas las
tradiciones de la América andina, en la simbólica del
descenso purificador-destructivo a las profundidades.
De
cualquier modo, según la tradición de esta región del
Collasuyu, es un mes para estar en recogimiento. Escuchando
las voces de la Tierra, la voz interior. No es un mes
para hacer muchas cosas sino para estar en silencio,
para prepararse.
En
nuestra tradición occidental el Cielo tiene dos valores
superlativos: La pureza y la inmensidad. Por eso a la
Pachamama indígena, que traducimos como “Madre Tierra”,
desde la tradición europea la vemos como algo menor,
aún cuando respetemos las tradiciones telúricas de América.
Aquí
hay un error de interpretación, no solo porque la desvaloración
de lo bajo, de la oscuridad y de la femenidad es un
prejuicio de nuestra cultura “occidental” sino porque
pacha no excluye al “cielo”, sino que es el universo
entero de nuestra existencia.
Pero
lo peculiar de este concepto es que lo toma en su dimensión
primaria. Es el universo en su aspecto esencial, femenino,
de útero que concibe la vida. De regazo que la sostiene
y que finalmente la recoge.
Pacha
es en rigor, en el marco de la teología ilustrada de
los amautas, el universo vivo ordenado, con sus ritmos
y sus mandatos. Por eso el dios mítico civilizador,
Tici Viracocha, tiene el título de Pachayachachic ,
que significa “el maestro del pacha, el que enseña el
pacha”. Como adjetivo pacha significa “de abajo”, también
“interior”. Como sustantivo significa nuestro planeta.
Pero también mucho más que ello, porque no es una cosa,
un lugar, sino un ser. El más importante y sagrado para
quienes son sus hijos.
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