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VIALIDAD INKA EN CATAMARCA
Por: Rodolfo Raffino
En orden alfabético: Ricardo Alvis, Aylen Capparelli, Rubén D. Iturriza Alberto Manzo y María M. Toddere
GOBIERNO DE LA PROVINCIA DE CATAMARCA
Dirección de Patrimonio Cultural
Departamento de Gestión del Patrimonio
Arqueológico y Paleontológico

 

1. RETROSPECTIVA

Los documentos escritos por cronistas e historiadores españoles a partir del siglo XVI, junto a observaciones y estudios de viajeros, geógrafos y arqueólogos desde mediados del siglo XIX demuestran la existencia de una compleja red de caminos dentro del territorio dominado por el Tawantinsuyu. Varias crónicas andinas tempranas describen estas rutas Inkas que fueron visitadas, descriptas y universalmente admiradas.

A fines del siglo XV los caminos Inka - “Capacñam” en lengua Quechua- conformaban un formidable sistema por su distribución en el espacio y eficiencia funcional. Fueron construidos para atravesar con facilidad montañas, valles, desiertos, ríos, selvas y pantanos. A veces pavimentados o encerrados entre muros; en otras en cornisas y zigzagueantes en las cumbres montañosas. Mediante su tránsito se conectaban las fronteras del imperio con los grandes centros urbanos. A su vera se hallaban las tamberías -“tampus” en Quechua- para alojar mensajeros, caravanas y ejércitos en tránsito.

Los caminos Inka fueron la columna vertebral del Imperio, el elemento estructural integrador de importantes funciones. Fueron elemento primordial en las comunicaciones por los “chasquis” -hombres corredores que hacían las veces de correo- y para transportar el flujo de bienes acaparados por el Estado. Sirvieron asimismo para la defensa del territorio, al agrupar y movilizar rápidamente a los ejércitos Inkas que eran enviados a los límites de un imperio en expansión o cuando eran amenazados por rebeliones o invasiones externas. Eran permanentemente transitados por caravanas de llamas y cargadores humanos que transportaban alimentos (maíz, papa, coca), tejidos, metales y toda clase de materia prima y tributos desde y hacia El Cuzco.

A partir del trazado de estos ejes circulatorios los Inka fueron planeando la construcción de 1000 a 1500 estaciones de ruta o tampus donde los viajeros hallaban comida y alojamiento. También a su vera se levantaron centros administrativos, que eran pequeñas capitales de provincia donde los gobernadores Inka -tucoricos en Quechua- manejaban los asuntos regionales.

Estos caminos conectaban los grandes centros urbanos del Imperio, como Ingapirca o Tomebamba en el N; Chan Chan, Tambo Colorado o Incawasi en la costa peruana; Cuzco, Huánuco Pampa y Jauja en la Sierra; Chucuito y Sillustani en el altiplano de Bolivia; La Huerta, El Shincal, Chaquiago o Turi en los Andes de Argentina y Chile. En oportunidades las rutas Inka conducían a los grandes centros de explotación económica, como las plantaciones de maíz, papa y coca; hacia las vetas mineras de oro plata y cobre muy comunes en el NO argentino; también a centros de producción textil. En otras hacia los confines del imperio, donde conectaban a los pukarás defensivos protectores de las fronteras. Existen asimismo casos de caminos construidos para ascender a las cumbres andinas, donde los Inka habían levantado adoratorios al sol y a la fertilidad del agua. Finalmente se encuentran situaciones de caminos conducentes a los grandes centros de almacenaje de alimentos, con miles de depósitos -llamadas collcas en Quechua- ubicados junto a los caminos, donde los inkas guardaban sus excedentes para los tiempos de hambruna.

Toda esta inmensa inversión tecnológica fue posible gracias a la fuerza de trabajo local que ofrecían los pueblos conquistados, la cual era utilizada por los inkas con rigor y el evidente despotismo que caracterizó a los grandes imperios de la tierra. Así lograron construir y mantener estas estructuras físicas en un territorio de casi dos millones de kilómetros cuadrados.

Por casi un siglo de historia andina, entre 1438 y 1536 de la era cristiana, este sistema caminero fue el símbolo del poder, del control y de la eficiencia que el Estado Inka imponía sobre el resto de los pueblos. Ninguna otra nación sudamericana de esos tiempos precolombinos desconocía este dominio ni podía rivalizar con él. En definitiva toda la estructura del imperio se apoyaba en esta red de caminos que no tiene réplica entre los Estados antiguos de la humanidad a excepción de los construidos por la Roma de los Césares.

El sistema vial Inka consiste en dos rutas principales que tienen una dirección general Norte-Sur; el camino “La Sierra” que transcurre por la Cordillera de Los Andes, altiplano de Bolivia y Noroeste argentino; y el de “La Costa” que lo hace por el poniente de Los Andes, entre el Océano Pacífico y la montañas. Estos dos ejes de circulación longitudinal se extienden por un espacio de más de 5000 km.; desde Rumicucho en Ecuador hasta el Cerro de la Compañía en el río Cachapoal, en Chile y Ranchillos en el Valle de Uspallata en Argentina.

En sentido transversal los Inkas dominaron poco más de 400 Km. de promedio, desde la costa del Pacífico hasta la región ecológica de “yungas”, o sea del borde Amazónico de la Cordillera de los Andes. En ese espacio construyeron una red de caminos transversales que cruzaban la cordillera de un lado a otro, superando en muchos casos alturas de 4500 metros y con el objeto de conectar las dos rutas principales.

Además de los ejes longitudinales de circulación N-S y los caminos transversales, los Inkas construyeron varios caminos alternativos; atajos y rutas para ser usadas en diferentes épocas del año; ascensiones a montañas y caminos fronterizos que pudieron usarse de acuerdo a las circunstancias climáticas, políticas y militares imperantes en las regiones que atravesaban.

Desde los mismos tiempos de la conquista española en los Andes se escribieron crónicas sobre los caminos del Tawantinsuyu. Las investigaciones arqueológicas sobre la vialidad Inka en los Andes Centrales acaparó las preferencias de viajeros, historiadores, arqueólogos y geógrafos a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Aunque la mayoría -sino todos- de estos trabajos adolecían del mismo problema: la falta de investigaciones que comprobaran en el terreno los informes que progresivamente se acumulaban partir de los cronistas e historiadores andinos.

Los verdaderos estudios específicos en el terreno sobre la vialidad imperial comenzaron recién a partir de la década de 1950. Entre los más conocidos se destacan las versiones de carácter periodístico a cargo de Víctor Von Hagen (1955) y la exégesis histórica y geográfica realizada por el sacerdote León Struve (1963). Investigaciones actualizadas pertenecen a los arqueólogos Rodolfo Raffino de Argentina (1982; 1986; 1991; 1993), al norteamericano John Hyslop (1984) y al chileno Rubén Stehberg (1992). En estos últimos el estudio del sistema caminero Inka se realiza articulando la información histórica con un sistemático trabajo arqueológico en el terreno.

Una rápida semblanza de las rutas Inkas en los Andes Meridionales, al sur del Lago Titicaca, señalan que estas formaban una red de casi 9000 kilómetros desde el Cuzco al sur de Chile y Argentina. Estaban logísticamente apoyadas por más de 250 tambos de enlace. Alrededor de una tercera parte de esa red vial, junto a unos 130 tampus de apoyo, fue construida en el NO argentino. En el NO argentino, el horizonte Imperial significa el único caso concreto de “integración regional” en tiempos prehispánicos. Una integración consumada virtualmente en la totalidad del mundo andino, desde el altiplano potosino hasta Uspallata y desde el espinazo de los Andes Occidentales hasta el borde de las yungas chaqueñas, el monte santiagueño y los llanos riojanos y catamarqueños.

No pocas veces hemos señalado las diferencias de cualidad arquitectónica entre los caminos Inka del epicentro del imperio (p. e. sierra y costa peruana) y los de las “huamanis” (“provincias”) periféricas. Difícilmente será hallada en Catamarca la arquitectura monumental caminera de los puentes, acueductos y grandes obras cívicas, económicas y militares que suelen aparecer articuladas con los caminos centrales. Del mismo modo no existen en estas latitudes vestigios de grandes capitales con poblaciones de vida urbana superiores a cinco mil habitantes, circunstancia que suele ser frecuente a los Andes de Perú, Ecuador y en los alrededores del Lago Titicaca.

En este aporte daremos cuenta de las rutas imperiales, alternativamente conocidas con los nombres de “Capacñam”, “Hatuñam”, “Inkañam” o el españolizado “camino real”. Las describiremos y ubicaremos en la geografía del actual territorio de la Provincia de Catamarca, la cual, de acuerdo a nuestros cálculos, encierra en sus entrañas poco más de 500 Km. de estos legendarios caminos.

Poseedora de una antigua y rica tradición cultural pre-Inka, Catamarca debió contar con varias rutas de comunicación entre las diferentes etnías que habitaron sus paisajes mucho tiempo atrás de la conquista y dominio regional del Tawantinsuyu, sucedida entre 1471 y 1536 de la era cristiana.

Es público y notorio que la historia cultural catamarqueña posee cuando menos unos 7 u 8 mil años de antigüedad y que medio milenio antes de la era cristiana los pueblos que la habitaron habían ya alcanzado el nivel sociedades sedentarizadas con economías productivas por agricultura y ganadería. Los hombres que supieron realizar las artes menores en cerámica, metalurgia y textilería; cultivar el maíz, la papa o criar llamas; fundar las poblaciones formativas de Saujil, Alamito, La Aguada y, más tarde, los célebres Diaguitas y Calchaquíes -por citar los casos de mayor divulgación- supieron sin dudas comunicarse, transitar, traficar e intercambiar culturas e ideas por espacio de dos milenios antes de la conquista Inka. Todo este flujo de comunicaciones y energía era probablemente realizado por rutas deliberadamente establecidas y regularmente utilizadas.

Por estas razones es muy probable que no pocas de las rutas que describiremos venían siendo utilizadas varios siglos antes de la invasión Inka. Pero le cabe a ellos la construcción del Capacñam mediante el implante de caminos arquitectónicamente diseñados por expertos “ingenieros”, maestros canteros y centenares de obreros.

Como veremos más adelante algunas de estas rutas fueron utilizadas por el conquistador español, recicladas durante la administración colonial de Catamarca y, lamentablemente, algunos fueron total o parcialmente perturbados en tiempos modernos. Esta última circunstancia ha sucedido con la Ruta Nacional 40, la cual en algunas regiones fue construida sobre los mismos cimientos del antiguo Capacñam.


1. Retrospectiva.
2. El Ambiente.
3. Arqueología de Campo.
4. Inkas y Españoles, dos imperios compartiendo caminos.
5. Conclusiones.
Resumen
Bibliografía.
www.catamarcaguia.com.ar
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