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1.
Introducción
El
arte rupestre es uno de los componentes del registro
arqueológico, fue y sigue siendo abordado como un interrogante
especial por muchos investigadores. La nueva propuesta
apunta a su estudio como una evidencia más, como cualquier
tecnofactura, sus antecedentes pioneros se deben a Gradín
quien intentó la primera sistematización en el arte
rupestre (ver bibliografía) y a partir de él un grupo
numeroso de investigadores dedicados a esta temática
han armado este nuevo encuadre al que hago referencia.
Al
presente subsiste la brecha, por un lado un grupo numeroso
de “rupestrólogos”, según palabra acuñada por Schobinger
hace varios años, estudian el arte rupestre, diría yo,
un poco desglosado del registro arqueológico, esto es
así por que lo vemos en trabajos, en las reuniones e
incluso en jornadas o congresos especiales dedicados
a temas de arte rupestre.
Por
otro lado en las citadas reuniones o en trabajos arqueológicos
de sitios con arte rupestre, asoma la nueva propuesta,
para nuestros intereses explicativos, hemos elegido
dos trabajos representativos, uno de Isabel Hernández
Llosas que elabora un diseño de investigación para representaciones
rupestres y otro de Carlos Aschero quien desarrolla
una nueva propuesta para un encuadre arqueológico del
arte rupestre (en ambos casos ver bibliografía). Hablamos
de brecha solo en un sentido figurado, en la práctica
solo las posturas teóricas y metodológicas coexisten
en forma pacífica y la verdad de cada una dirá la última
palabra.
Realmente
¿el arte rupestre es un integrante más o es algo especial
dentro de las evidencias arqueológicas?, ¿presenta resonancias
especiales no compartidas con sus congéneres?, cuando
me encuentro inmerso en el corazón de La Tunita, veo
resonancias especiales pero cuando en el gabinete debo
acceder a su estudio, abordarlo como un integrante más
del registro me clarifica los conceptos.
Con
esto queremos expresar que hasta cierto nivel de análisis
puedo ver como cualquier tecnofactura, pero un segundo
nivel se me aparece con esas resonancias especiales
de que hablaba, dicho en otra forma me resulta difícil
equiparar, por ejemplo una punta de lanza con el personaje
del sacrificador de La Tunita, se me dirá que estos
son ejemplos aislados, es lógico por que elucubraciones
así me quitarían la posibilidad de acceder a la contrastación
de hipótesis previamente planteadas.
Pienso
que el estudio del arte rupestre seguirá planteando
problemas de este tipo que podrán enriquecer a nuestra
disciplina, creo en dos análisis, el primero todo lo
referido a los procesos de producción del arte rupestre,
el segundo sería cundo empiezo a procesar la información
que me proporciona el mismo, que llega con sus características
propias diferentes de las otras evidencias del registro.
Insisto, una pintura, un grabado, un grabado-pintado
o un geoglifo (ver el trabajo de Hernández Llosas) son
equivalentes a una tecnofactura o estructura cualquiera
del registro arqueológico, pero sus características
propias nos exigen la búsqueda de caminos para la contrastación
de hipótesis que eventualmente hubiéramos planteado,
sobre aspectos fundamentales como pueden ser la ideología
o el estilo de un sistema sociocultural.
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